My outfit is not an invitation

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Hoy he leído un reportaje en El País sobre los movimientos que se están llevando a cabo en algunos países, sobre todo de Asia, para evitar las continuas violaciones o acosos sexuales que sufren de forma permanente las mujeres y que muchos intentan justificar aduciendo a una vestimenta “excesivamente provocativa”. Y obviamente ha sido un anzuelo en el que no he podido evitar picar y dedicar mi post de reflexión de los viernes a lo que pienso yo sobre ésto.

Para empezar quiero contaros que yo personalmente fui víctima de una cierta clase de acoso sexual que se da mucho últimamente, los “creepshots”. Se trata de esos pervertidos que hacen fotos de tus partes, habitualmente pecho o trasero, sin que te des cuenta para después colgar esas fotos en redes sociales que gracias a Dios ya han sido eliminadas. A mi me hizo un tío una foto por debajo de la falda en una de las escaleras mecánicas de El Corte Inglés. Y lo peor de todo es que la mujer que se dio cuenta de que me estaban haciendo esa foto no quiso llamar la atención del pervertido por “vergüenza”. Le pegué la bronca del siglo!!!! Osea que un pervertido de mierda se pasa 45 segundos de trayecto entre la tercera y la cuarta planta con su mano metida entre mis piernas fotografiando o grabando mi intimidad, y la mujer que lo estaba viendo todo no dice nada en alto por “vergüenza”????? Perdonadme pero es que lo estoy recordando y todavía me altero de pensarlo.

Como podréis imaginar los que me conocéis, en cuanto me dí cuenta de lo que pasaba me puse a perseguir al tío guarro y llamé a gritos al servicio de seguridad de El Corte Inglés que no tardó ni tres segundos en atenderme. Localizaron al guarro por el circuito de seguridad y ya no sé qué más hicieron con él. Seguramente nada…

Y esto no me pasó ni en China, ni en India, ni en Mongolia. Me pasó a 50 metros de mi casa, como estoy segura que pasa en un montón de ocasiones sin que ni siquiera nos hayamos enterado. Y desde luego no voy a consentir que nadie justifique esa actitud por la largura de mi falda.

Ningún violador o ningún pervertido puede encontrar justificación y ninguna sociedad puede dársela  basándose en si vestimos más o menos cortas o más o menos escotadas. Incluso las prostitutas de la Colonia Marconi, que van medio en pelotas por la calle, son las únicas dueñas de sus cuerpos. Aunque quizá no es el ejemplo más acertado, porque esas pobres mujeres están privadas de toda libertad, sumidas en un mar de drogas, mafias, chantajes y amenazas. Ciertamente no son mujeres libres. Aunque yo también pienso que todas ellas tienen derecho a decir NO

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Pero todavía seguimos encontrando un gran respaldo social a esta “justificación”. Ya no tanto de la violación, que es un delito, sino del “acoso” al que podemos estar sometidas si vestimos de una manera un tanto “alegre”. Pero es que, manda cojones, que la manera “alegre” sea llevar una minifalda por debajo de media pierna, un poco de escote, o simplemente un vestido de tirantes.

Desde luego que la tendencia no es implantar el burka, ni llevar cuello vuelto en pleno junio. Ni bañarnos con manga larga. Hoy más que nunca se impone la moda de los shorts, de las minifaldas, de los tacones altos y de los escotes de vértigo. Y quien no pueda soportarlo que se quede en su casa dándose latigazos. Sólo si perdemos el miedo a salir así y si el mensaje social que cala es que nadie tiene ningún derecho ni a tocarnos, ni a hablarnos, ni a fotografiarnos, ni a seguirnos, ni a acosarnos, podemos librarnos de esa lacra que está tan extendida por otros países.

En resumen, no puede ocurrir que una persona, sea hombre o mujer, se calle públicamente cuando ve que se hace algo como lo que me estaban haciendo en la escalera de El Corte Inglés. Hay que gritarlo, hay que humillarlos y señalarlos públicamente, porque los únicos que hacen algo malo son esos pervertidos o pervertidas. Yo no he hecho nada malo ni he invitado a nadie a que se crea con derecho de hacer nada conmigo.

Por cierto, para todos los amantes de la cultura musulmana o árabe. No hay cultura más humillante para una mujer que esa. Y nadie me va a convencer de lo contrario.

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Y esto me ha recordado una columna que escribió Arturo Pérez Reverte a finales del 2011, que he encontrado y que no me resisto a reproducir aquí.

http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/643/madres-burkas-y-marujas/

Patente de corso

Madres, burkas y marujas

XLSemanal – 31/10/2011

En 1991, mientras esperaba en Dahrán la ofensiva norteamericana para liberar Kuwait, presencié un suceso curioso. Frente al mercado Al Shula había un vehículo militar con una soldado norteamericana al volante. En Arabia Saudí está prohibido que las mujeres conduzcan automóviles; así que una pareja de mutawas -especie de policía religiosa local- se detuvo a increpar a la conductora. Incluso uno de ellos le golpeó con una vara el brazo que, con la manga de camuflaje remangada, apoyaba en la ventanilla. Tras lo cual, la conductora -una sargento de marines de aspecto nórdico- bajó con mucha calma del coche y le rompió dos costillas al de la vara. Ésa fue la causa de que durante el resto de la guerra, a fin de evitar esa clase de incidentes, la Mutawa fuese retirada de las calles de Dahrán. Pensé en eso el otro día, al enterarme de un nuevo asunto de chica con problemas por negarse a ir a clase sin el pañuelo islámico llamado hiyab. Y recuerdo la irritación inicial, instintiva, que sentí hacia ella. Mi íntimo malhumor cuando me cruzo en la calle con una mujer cubierta con velo, o cuando oigo a una joven musulmana afirmar que se cubre la cabeza en ejercicio de su libertad personal. Cómo no se dan cuenta, me digo.

Cómo no les escuece igual que ácido en la cara la sumisión, tan simbólica como real, a que se someten. Recuerdo, por ejemplo, que hace cuarenta años mi madre aún necesitaba la firma de su marido para sacar dinero del banco. Y me llevan los diablos. Tanto camino, me digo. Tanta lucha y esfuerzo de las mujeres para conseguir dignidad, y ahora una niñata y cuatro fátimas de baratillo -como las llamaría el capitán Haddock- pretenden hacernos volver atrás, imponiendo de nuevo, en la Europa del siglo XXI, la sumisión irracional al hombre y a las reglas hechas por el hombre.

Reclamando tolerancia o respeto para esa infamia. Pero no es tan simple, concluyo cuando me sereno. Incluso aunque digan actuar con libertad, esas mujeres siguen siendo víctimas de un mundo cuyas reglas fueron impuestas por los hombres para garantizarse el control de su virginidad, su fertilidad y su fidelidad. Después de escucharnos decir lo libres de conducta que pueden y deben ser, esa muchacha o la señora del velo van a casa y se cruzan en la escalera con el imán de su mezquita, que vive en el quinto piso, o con el chivato hipócrita que a veces incluso luce una pasa en la frente -ese moratón de pegar cabezazos en el suelo al rezar, para que todos sepan lo buen musulmán que es uno-, que vive en el segundo. Y con ellos, y con el padre, el marido o el abuelo que están en casa, esas mujeres tienen que convivir cada día, y casarse, y criar familia, y ser respetadas por una comunidad donde la religión suele estar por encima de las leyes civiles, o las inspira.

Una sociedad endogámica, especializada en marcar y marginar -cuando no encarcelar o ejecutar- a quienes discrepan o se rebelan; y cuyos más radicales clérigos, esos imanes fanáticos que recomiendan a sus fieles machacar a las mujeres para que no se desmanden, son tolerados y hasta amparados, de manera suicida, por una sociedad occidental demagoga, estúpida, desorientada, con el pretexto de unos derechos y libertades que ellos mismos niegan a sus feligreses. Todo eso, en vez de ponerlos en la frontera en el acto, si son extranjeros, o meterlos en la cárcel, si son de aquí, cada vez que humillan o amenazan a la mujer en una prédica.

Una sociedad, la nuestra, incapaz de plantearse el verdadero nudo del problema: si una niña que durante catorce años fue a un colegio normal, entre chicos y chicas, resuelve de pronto ponerse un pañuelo en la cabeza, es que algo con ella estuvo mal hecho. Que alguna cosa no funciona en el método; falto de una firmeza, una claridad de ideas y una persuasión que no tenemos. En todo caso, si a menudo es la mujer la que elige ser hembra sumisa en vez de sargento de marines, y con su pasividad o complicidad educa a los hijos en esclavitudes idénticas a las que ella sufrió, tampoco es justo que el Islam se lleve todas las bofetadas. En materia de esclavitudes, sumisión y transmisión de costumbres a hijas y nietas, igual de infame es el espectáculo de esas españolísimas marujas presuntamente modernas, libres y respetables, que babean en programas de televisión aplaudiendo y diciendo te queremos y envidiamos, guapa, bonita, a fulanas que encarnan lo que, en el fondo y a menudo en la forma, a ellas les habría gustado ser, y desean para sus propias hijas: analfabetas sin otra aspiración en la vida que convertirse en putizorra de plató televisivo. Y esos aplausos y admiración -hasta autógrafos les piden, las tontas de la pepitilla- me parecen tan indignos y envilecedores para las mujeres, tan turbios y reaccionarios, como un burka que las cubra de la cabeza a los pies.

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